Si tu voz se pierde de nuevo



Si tu voz se pierde de nuevo
como si no tuviera rumbo,
déjala que vaya allí
donde el corazón te lleve,
donde un atisbo de luz ilumine,
donde un miedo antiguo desaparezca,
donde tu alma consciente crezca,
donde ninguna duda te fulmine,
donde el amor ya siempre te conmueve.

Deja entonces que se quede ahí,
ni perdida ni desorientada,
tan solo siguiendo
el hilo invisible
de su silencio enamorado,
de su jardín vislumbrado,
de su amar callado,
de su mirar sensible.

Y deja que, temblorosa y callada,
empiece a sonar de nuevo,
amorosa y emocionada.


No quedan ya palabras
para intentar describir
ni tan siquiera la sombra
del vuelo de mi alma
prendida de la belleza
profunda, cálida,
suave, infinita,
de tu alma,
en la que cada ser
y el universo todo resuenan.

Ni mi corazón alcanza ya
a saber contar la alegría desbordada
de abrirse de par en par
y latir, sentir, vivir,
cada momento, en cada rincón,
al amor infinito de la lumbre
de tu corazón,
que nunca se cierra ante nada.

Mi mente, que siempre fue,
en todo tiempo y lugar,
exploradora incansable
de lo invisible del ser,
con tu mente
se sumerge ahora en
lo que las almas ilumina.

Y mi piel, extraña y sentida,
sensible y enamorada,
con el calor de tu piel
vuela, siente, explora,
por la brisa de tus yemas emocionada.

Mi alma con tu alma vibra.
Mi corazón junto a tu corazón siente.
Mi mente explora con tu mente.
Mi piel con tu piel anida.
Infinita e incondicionalmente.

Porque tú eres amor,
tú eres el amor,
mi amor.

A través


A través del aire de siempre
veo lo mismo de siempre
y, sin embargo, ya nada
es lo mismo, porque
ese mismo aire está lleno de ti.
Hablo con otras personas,
toco objetos cotidianos,
me ocupo de lo más mundano,
e incluso, a veces, creo en las horas.
Pero lo que esas personas no saben
es que en cada conversación estás tú.
Ni los objetos perciben
que cuando mi mano los toca
en ella está también la tuya.
Los asuntos de cada día están, sí, ahí,
mientras tú siempre estás en mí.
Y las horas, ese artificio vacío
y tramposo con el que
envolvemos este tránsito,
no existen contigo, ni en ti,
ni para nosotros, envueltos
en nuestro no tiempo de amor
desde el alma en nuestro no espacio.
Mis versos sencillos, trabajosos, sentidos,
te buscan a través de tu aire,
tus objetos, tus conversaciones,
tus asuntos, y hasta tus horas,
para susurrarte invisibles
que muerto de amor
en este otro trozo de vida
te veo,
te pienso,
te vivo,
te siento.

Tu, jo, nosaltres



Tu.
Jo.
I després, tu i jo.
I entonces, nosaltres.
I ahí, tot.
I entonces, tu i jo.
I després,
tu, en mi,
i jo, en tu.
A tot arreu.
En tot moment.

En lo invisible


Más allá,
mucho más allá
de este cuerpo
y esta mente.
Dentro, en lo más profundo,
en lo invisible, en el centro
que parece inalcanzable
pero está siempre presente.
Ahí, justo ahí, me busco,
me siento, vuelvo a casa.
No puedo verlo, ni pensarlo,
ni decirlo, ni explicarlo.
Solo puedo saberlo,
con esa certeza cálida
y llena de paz que,
sin necesidad de nada más,
sencillamente es,
y me lleva más allá.


Tiza, mi Tizita


Los números también cuentan
la historia de tu partida.
Dos minutos después
de tu última alegría.
A veinte centímetros
de mi mano desesperada.
En tres segundos eternos
de un horror imborrable,
se rompió tu cuerpo,
nos dejó tu alma.
Te fuiste como llegaste
y como estuviste:
libre, inquieto, en silencio,
llenando el tiempo
con tu presencia,
pintando el aire
con el negro precioso
de tus ojos bien despiertos.
En tu rincón del sofá
se quedan tu pelota, tu huesito,
un mechón de tu pelo
y el recuerdo de tu carita
en el centro de tu
cuerpecito enroscado.
Eres un perrito bueno,
cariñoso, alegre, paciente,
y aunque ni tú ni tu vida
me pertenecían,
dentro de mí te quedas
y siempre serás,
para mí, mi Tiza.

La mar, mi mar


El mar. La mar.
Puede ser lo que queramos,
lo que necesitemos que sea,
porque en ella nos reflejamos
para que nuestro corazón nos vea.
Hoy su silencio sonoro
revuelve el ruido interno
que me trajo a ella
y, suavemente,
persistente y decidida,
lo disuelve
mientras, sin apenas sentirlo,
mi silencio inquieto envuelve
y va curando mis heridas.
Me mece la paz
de saber que de nuevo
está aquí, junto a mí.
La escucho sin cesar,
enredado en el vaivén
sin tiempo de su voz acompasada.
Me acerco a su espuma
deseando que, a su vez,
se acerque ella a mi piel
hasta rozarnos,
hasta empaparnos,
yo de sus caricias,
ella del brillo de mis ojos.
Después la miraré,
sentado frente a ella,
con la emoción de sentirla cerca,
libre, feliz, más completa.
Y cuando me vaya,
el sonido de su silencio
conmigo llevaré;
la caricia de sus dedos de espuma
en todo mi ser la sentiré.
En su ausencia,
con su presencia
convertida en luna, viviré.
Hasta que yo vuelva,
hasta ese día en que, por fin,
nos volvamos a rozar,
y su música y mis versos
enlazados se queden
y sepamos, en silencio,
que en su orilla me quedaré,
y con mis pasos juguetones y serenos,
junto a ella, caminaré.

24 de octubre de 2016


¿Qué cosas son importantes?
De las siempre pocas cosas que tuve antes,
algunas lo fueron para mí
mientras creí que yo las tenía a ellas,
en lugar de tenerme ellas a mí.
Pero, nunca fueron parte de mí de veras,
y por eso, y por suerte, ya no están aquí.

Del resto, algunas me quedan, y seguirán conmigo:
unas pocas pinceladas, algunas músicas guardadas;
muchas palabras, varios versos, y algunos libros.
Poco más fuera de mí, más allá de lo imprescindible:
cobijo, abrigo, agua y comestibles.
Un par de aparatos,
y un elefante de colores.

¿Poco? En absoluto.
Aún a veces no me basta,
pero, en realidad, siempre me sobra.
¿Y nada más? No, nada no:
todo lo de dentro.
Es decir, todo.
Aquí, ahora,
estoy, y estamos.
Soy, y somos.
Como siempre, como antes.
Como después, y más allá, para siempre.
Y con eso sí me basta y me sobra
para esta vida y las siguientes.

Tras la puerta


Al otro lado de la puerta que cerraste
tras de ti para siempre
había algo más, mucho más,
que el final varias veces aplazado
de un camino a ninguna parte.
Estabas tú.
Tú.
Se disolvió la muralla
y, de repente, tu centro era visible
sin que tú lo mostraras.
Porque ahora, todavía más,
es tu voz la que suena,
pero no es solo tu voz;
es tu vida la que construyes,
pero no es solo tu vida.
es tu amor lo que te guía,
pero no es solo el que tú vives.
Ahora continúas, mucho más libre,
el camino al reencuentro
con muchas otras voces en la voz,
con muchas otras vidas en la vida,
con el amor que ilumina
y desde dentro nos envuelve.
Se borró la línea
entre el cielo y el mar
y ahora simplemente son,
están ahí, presentes,
como fueron y estuvieron siempre:
ante ti, en torno a ti, dentro de ti,
porque ni fueron ni son
ellos allí
y tú aquí.
Sois. Siempre.

Espejos


Ahora que ves espejos
donde antes viste sombras,
pozos sin fondo y soledades,
tu alma, corazón y mente
te guían decididos
de vuelta a ti,
a fragmentos de tu yo hasta ahora
ocultos por las sombras,
hundidos en el fondo real del pozo,
escondidos tras tus soledades.
Ya nunca más serán los otros,
como no lo fueron antes,
quienes definan a ese yo tuyo
antiguo, dividido, perdido
cual reflejo sin espejo,
porque ahora, desde ya y para siempre,
gracias a ti y a tu pequeña,
de todos los rincones de tu alma
solo tú tienes la llave
y solo tú, de verdad, sabes
lo que tras de ti aguarda,
lo que dentro de ti te busca,
lo que desde ti renace.

Tras los párpados


Me tiendo en la cama,
inquieto y exhausto,
dispuesto a dejar atrás
los restos de un día
poco propicio y algo solitario.
Cierro los ojos.
La marea revuelta
de las horas inciertas del día
retumba caótica todavía
en mi mente aún agitada.
El ruido intenso,
las imágenes caducas
de presentes recientes
que ya no son, vuelven,
fugaces y persistentes,
y golpean mis párpados cansados.
Mis párpados cerrados.
Tras ellos, mis otros párpados
se abren y se cierran,
van y vienen
de la penumbra de la vigilia apenas apagada
a la oscuridad profunda, cierta,
del retorno a ese punto oscuro,
quieto, más allá de la oscuridad de la noche,
en el centro mismo de la visión sin imagen.
Y allí me quedo.
El ruido enmudece.
Las imágenes se disuelven.
El centro en el fondo sin fondo
crece, despacio, y de repente
un escaso punto de luz aparece.
Luz.
Es otra luz.
Es la luz.
Y allí me quedo.
Ahora todo es silencio.
Ahora todo está quieto.
Pero ya no estoy ahí,
me arrastra la luz,
que ahora tiembla,
salta, se extiende,
se acerca y me envuelve.
Y allí me pierdo,
y otra puerta se abre
y me lleva a cabezas sin cuerpos,
caras sin rostro,
besándose sin cesar,
tiernas, apasionadas,
lejanas, infinitas, silenciosas, y alegres.
Abro los ojos, ya solo sé
que el amor todo lo envuelve
y que está en mí, en ti, aquí, y allí,
en todos nosotros porque es vida,
y para todos, también, más allá de la muerte.

¡Basta!


Y un día, por fin,
de la herida exhausta,
reabierta una y otra vez
por cuchillos cercanos,
surgió un bramido
final e inesperado,
un basta decidido,
un nunca más callado.

Y de esa voz, convertida
en raíz y semilla de un tiempo nuevo,
árbol me hice,
atento al viento,
firme, flexible,
fiel a mis adentros.
Y el huracán vacío
de quienes en sí se ahogan
y en el odio buscan
alivo a esa nada que les consume
pero que es ante todo suya,
se disolvió como el soplido
impotente de aire muerto
de una bestia de papel.

Se acabó el
no eres nadie,
el vuelve con los tuyos,
el aquí no cabes,
el odio a mi mundo.
El amor a la paz, la armonía,
el reencuentro de los seres
que siempre me guió
abandona para siempre a ese odio
oscuro, hipócrita y cainita,
que nunca me entendió.